La Mishna en el Tratado de Bikurim dice: “Un hombre baja a su campo y ve una higuera que comienza a dar sus primeros higos, la vid que empieza a dar sus primeras uvas, un segun arbol de granadas que comienza a dar sus primeros frutos… les debe atar algun una cinta para marcarlos y decir: ‘Aquí están las primicias’”.
La Tora ordena que hay que subir a Jerusalem para traer las primicias, es decir, los primeros frutos; y es la misma persona que cultiva y cuida los árboles quien debe traer las primicias.
Ahora, surgen las siguientes preguntas: ¿Por qué la persona tiene que ir personalmente? ¿No sería mejor que cada región o asentamiento nombre a un enviado para que trajera todas las primicias de toda la región? ¿Qué sentido tiene que todos los que cultivan tengan que ir en el mismo momento al mismo lugar?
Hay una sola respuesta a todas estas preguntas: La razón por la que se traen las primicias es reparar el pecado de los espías; cuando los judíos estaban en el desierto en el límite con la Tierra de Israel, enviaron espías (uno por cada tribu, doce en total) para que entraran a la Tierra, la exploraran, tomaran de sus frutos, y retornaran al campamento. A su regreso, diez de los doce espías hablaron mal de la Tierra de Israel y eso generó una gran decepción y angustia dentro el pueblo.
Para corregir lo sucedido con los espías, quien cosecha los frutos toma las primicias de la tierra, personalmente, las traslada a Jerusalem, y allí destaca los aspectos positivos de la Tierra de Israel, diciendo: «He venido a la tierra que prometió el Eterno a nuestros padres, para dárnosla a nosotros»… Los espías usaron los frutos para difamar a la tierra y hablar mal de ella; nosotros, por el contrario, llevamos los frutos a Jerusalem, y proclamamos las bondades de la Tierra de Israel…
Todo es por bien
En esta parasha se enuncian bendiciones y maldiciones, de acuerdo a si la persona ha cumplido o no con la voluntad del Eterno. Si la persona hace las cosas bien, le recaerán las bendiciones, pero si no, será lo contrario, D’s no lo permita.
Las bendiciones se enunciaron en el monte llamado Guerizim, mientras que las maldiciones se enunciaron en el monte llamado Eibal.
Lo curioso aquí es que justamente en el monte Eibal donde fueron enunciadas las maldiciones, dice el versículo: «Y harás ofrendas de Shelamim y las comerás allí, y te alegrarás delante del Eterno tu D’s». No se entiende como la Tora ordena alegrarse justamente en el monte Eibal, que es donde se enunciaron las maldiciones, ya que sería mucho mas lógico alegrarse donde se dieron las bendiciones, pero no donde se dieron las maldiciones.
El Gaon Rabi Moshe Fainshtein nos enseña aquí un principio básico de la fe: Incluso lo que a la vista se ve como una maldición o desgracia, hay escondido algo bueno que nosotros no llegamos a ver y a comprender. Como dicen nuestros sabios: «Todo es por bien».
Por eso ordena el versículo ofrecer los sacrificios y alegrarse precisamente en ese lugar, para enseñarnos que también en los momentos de dificultad hay que saber que todo es por bien, aunque nuestro intelecto no nos permita verlo y nos lleve a pensar lo contrario.
Shnaim mikra ve ejad targum
En nuestra parasha aprendemos acerca de la mitzva del levantamiento de piedras grabadas, en las que se ordena grabar: 12 piedras en el Jordan, 12 piedras en el Guilgal, y otras 12 en el monte Eibal. En los primeros dos sitios se grabaron sobre las piedras solo palabras de Tora en su idioma original, pero en monte Eibal se grabaron también su traducción a 70 idiomas.
De aqui nuestros sabios decretaron la obligación de leer cada semana «Shnaim mikra ve ejad targum» (dos veces la parasha en su idioma original, y una vez su traducción al arameo). Y porqué es así?
El Jatam Sofer explica algo impresionante: En el original hay una ventaja grande respecto de la traducción, ya que el idioma sagrado de la Tora contiene en su interior indicios de todas las explicaciones dadas por nuestros sabios, tanto del pasado como del futuro, y contiene también todos los secretos ocultos hasta el final de las generaciones; sin embargo al hacerse la traducción todos esos secretos se pierden, y solo queda su significado simple.
El instinto del bien (yetzer atov) vs. el instinto del mal (yetzer ara)
Dice el versículo: «El extraño que esta en tu interior se elevará sobre ti muy alto, y tu caerás muy bajo»
El famoso Rabino Levi Itzjak de Verdichov, a quien se lo conoce por haber sido un acérrimo defensor de Israel frente al Creador, nos ofrece una interpretación muy interesante de este versículo:
Desde el mismo momento en que nace un bebe, el instinto del mal (yetzer ara) ya se apega a él; así es que el instinto del mal crece junto a este bebe, hasta que se hace mas grande y cumple 13 años, el Bar Mitzva, que es el momento en que se adhiere a la persona el instinto del bien (yetzer atov). Es así que el instinto del mal ya lleva 13 años acompañando a la persona cuando llega el instinto del bien, y por lo tanto este ultimo es un extraño, si lo comparamos con la cantidad de tiempo que ya lleva el instinto del mal junto a la persona.
Así es como el Rabino explica el versículo mencionado: Deseamos que el instinto del bien, el extraño que recién aparece a los 13 años de vida, tenga mucho éxito y que «se eleve sobre ti muy alto», y de esa forma santifique y haga crecer al niño Bar Mitzva hasta alcanzar niveles elevados. Y cuando el versículo dice «y tu caerás muy bajo» se refiere al instinto del mal, que ya es un viejo conocido, por encontrarse dentro de la persona desde su nacimiento, y por eso lo denomina «tu».
Además, de acuerdo a lo mencionado, la persona debe comprender que él mismo es como un «extraño» en este mundo terrenal (Olam aze), y de esa manera llegue a entender que toda su vida en este mundo es como un «pasillo» hacia lo que será su destino final, que es el mundo venidero (Olam aba). Es decir que toda vez que la persona entienda que es un extraño en este mundo, «se elevará sobre ti muy alto» (la persona misma, de la mano de su instinto bueno), y eso lo llevará a alcanzar niveles elevados de espiritualidad, y «tu» (el instinto del mal), que siempre pensaste que estás muy presente y de forma perpetua dentro de la persona, «caerás muy bajo».
