Vaetjanan

En esta parasha Moises realiza una apasionada súplica al Creador para que le permita entrar a la Tierra Prometida. Cuando su petición es denegada, Moises da vuelta la página e inmediatamente coloca todas sus energías en la preparación del pueblo para la entrada a la Tierra Prometida, enseñándoles las leyes correspondientes para dicho cometido. Este episodio nos enseña que cuando oramos al Todopoderoso, debemos aceptar el resultado final, ya sea que se nos haya concedido nuestra súplica, como también en el caso que así no sucediera. Y también debemos dar por seguro que si no se nos concede nuestra petición es porque eso es lo mejor para nosotros, aún si racionalmente no podemos llegar a comprenderlo de esa manera. Por otra parte, al continuar con el desempeño de su función y no titubear ni por un momento acerca de la posibilidad de dar un paso al costado, Moises cumple con lo que está escrito en el Tratado de Abot: «No es obligatorio que culmines toda la tarea, pero eso no te exenta de la misma». Moises acepta que si bien no es su destino completar la misión de guiar al pueblo en la entrada a la Tierra Prometida, no se exime de ninguna responsabilidad de liderazgo en la preparación para dicho propósito, aún sabiendo que este objetivo solo será culminado por su sucesor Yehoshua.

Cuidar el estado físico para estar mejor espiritualmente

Después de hacer un repaso de todo lo acontecido en el desierto, Moises anima al pueblo a observar los preceptos para así “vivir de mejor manera”; y da las indicaciones de “cuidarse, y resguardar el alma”. El Kli Yakar comenta que de aquí se puede inferir el mandato divino de cuidar y mantener la salud. Del orden en que esta redactado el versículo, en donde primero menciona «cuidarse» y luego «resguardar el alma» aprendemos que mantener la salud física es un requisito previo e indispensable para preservar la salud mental y espiritual. A veces las personas tienden a adoptar hábitos que dañan la salud (como por ejemplo comer en exceso, fumar, falta de ejercicio físico, etc). Es importante comprender que esforzarse por llevar hábitos mas saludables nos permite en última instancia, alcanzar nuestros objetivos de observar los preceptos y crecer espiritualmente.

Cumplir los preceptos en su justa medida

La Tora nos ordena: «No añadan nada sobre lo que yo les ordeno, y tampoco quiten». Porqué no darle a la persona la posibilidad de añadir algo personal a los preceptos y de esa forma elevarse mas espiritualmente? Veamos la siguiente anécdota humorística: Un joven viajó a tierras lejanas y le envió desde allí a su anciana madre una medicina milagrosa muy especial, diciéndole: «Toma dos gotas al día de esta pócima y rejuvenecerás…». Al ver esto la madre se puso muy contenta, por fin las arrugas desaparecerían y su condición física mejoraría… Cuando el hijo regresó de su viaje, vio a su madre joven y hermosa, con aspecto de una mujer de 30 años, y con un bebé en brazos. Se emocionó y le dijo: «Mamá, qué bien te ves!». Y ella le respondió con entusiasmo: «Querido hijo, es gracias a la pócima que me enviaste», a lo que él pregunta: «Y quién es el bebé que llevas en brazos?» La madre le responde: «Ahhh… es tu padre, que se bebió el frasco entero!»… Claro que esta narración es en tono de broma, pero imaginemos a una persona que recibe una medicación del médico, y se la bebe toda de un trago sin leer el prospecto, cuánto daño se estará provocando a sí mismo!!!! El Gran sabio Yehonatan Eibshitz explica: Así es con los preceptos que nos manda el Creador, debemos tomar exactamente la medida que se nos indica. La Tora nos ordena cumplir con los preceptos, sin agregar ni quitar absolutamente nada.

La cantidad de preceptos es exacta

Continuando con el punto anterior, cabe remarcar que la cantidad total de preceptos de la Tora asciende a 613, de los cuales 248 son preceptos «de hacer», equivalentes a los 248 órganos que hay en el cuerpo, y 365 son preceptos de «no hacer» (o sea, prohibiciones), equivalentes a los 365 tendones que hay en el cuerpo. En conjunto, el cumplimiento de todas los preceptos generan plenitud e integridad en el alma y en el cuerpo. Cuando la persona cumple con los preceptos, su cuerpo y su alma están completos y en armonía. Cualquier pequeña desviación puede desequilibrar ese balance tan perfecto. Veamos la siguiente narración que nos ilustra lo que hemos comentado: Una persona posee un reloj muy sofisticado y costoso, y comienza a desarmarlo poco a poco. Cuando termina se llegan a contabilizar mas de 500 piezas desplegadas que forman parte del reloj; supongamos que se pierde una pequeña pieza de las mas de 500, pues obviamente que en ese caso el reloj ya no va a funcionar. Así es con los preceptos: si una persona agrega o quita aunque sea solo uno del total, su cuerpo y alma ya no van a funcionar como corresponde y no llegaran a su plenitud.

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